viernes, 13 de abril de 2012

Relatos Cortos I [Segunda parte]

[Primera parte]

[Segunda parte]

El cabreo le duró sólo un par de días, pero las consecuencias de mi decisión se alargaron un poco más. Su retorcida mente femenina decidió que no querer salir con ella significaba que no me gustaba, y empecé a recordar por qué me prometí olvidarme de las mujeres. En serio, ¿tan difícil era entender que no estaba preparado para una relación?

El tiempo consiguió enfriar un poco el tema. No estábamos bien, pero al menos ya no sentía puñaladas en mi espalda cada vez que alguien nos vacilaba con lo de ser novios. Parecía que ya no daba tanta importancia al hecho de estar saliendo o no, así que en un arrebato de sinceridad intenté aclarar las cosas.

- No puedo aguantar una relación ahora.
- Lo sé.
- Me gustas.
- Lo sé.
- ¿Entonces por qué estás enfadada?
- Porque te quiero.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Tampoco estaba preparado para eso. No, no lo estaba. Sentí un agobio enorme en ese mismo momento.

- ¿No estás yendo un poco rápido?
- ¿Rápido? Llevamos casi dos meses liándonos. ¿En serio crees que voy rápido?
- Bueno, en realidad llevamos casi mes y medio.
- ... Da igual.
- ¿Ves? Vas muy rápido.
- Pareces un crío.
- Pues tú no deberías pillarte tan rápido por alguien que acabas de conocer.
- ¿Pero qué dices?
- Lo que oyes. Lo siento si suena duro.
- Mira, me voy. ¡Madura!

Definitivamente no fue buena idea aclarar las cosas. Esta vez estuvo una semana sin dirigirme la palabra, una semana en la que la eché mucho de menos. Que no la quisiera no significa que no sintiera nada, pero yo era una persona que se agobiaba con facilidad. Por eso no quería relaciones. Por eso cuando ella me llamó para  quedar y pedirme perdón supe que merecía la pena intentarlo, porque era ella la que tenía que perdonarme a mí.

- Puede, sólo puede, que tuvieras razón. Igual te estoy agobiando intentando construir algo donde está claro que aún no hay nada. Yo de verdad que quiero dejarte tu espacio, pero entiende tú también que yo tengo sentimientos, que hace poco que nos conocemos pero eso no quita que yo pueda sentir cosas y que esté confusa. No te creas que yo me voy pillando del primero que se cruza en mi camino. Yo no soy de esas, ¿eh? Pero... no sé. ¡Deja de sonreír así, que me pones nerviosa! Que... vale, si no quieres nada yo lo acepto, pero no quiero que sigamos sin hablarnos.
- Pero si yo he intentado llam...
- ¡No me interrumpas! - dijo ella, cortándome. - No quiero que sigamos sin hablarnos, pero si esto no va a ninguna parte igual es mejor dejarlo aquí y seguir como amigos. No sé. ¿Tú que opinas?
- Opino que eres tonta.
- Y tú gilipollas.
- ¿Quieres salir con este gilipollas?

Lo dije con toda la seguridad del mundo. Llevaba horas pensando en este momento y, sinceramente, frente a mi espejo era todo más romántico.

- ¿Qué quieres decir?
- Joder, ¡que si quieres salir conmigo!
- No sé.
- ¿Cómo que no sabes?
- Osea, sí. Sí quiero.
- ¡Aclárate!
- ¡Que sí, coño!

Se abalanzó sobre mí cogiéndome del cuello, directa a mis labios. Mentiría si dijera que no fue el beso más apasionado que me había dado hasta la fecha. Lento, intenso, eterno. No pude hacer otra cosa que poner mis manos sobre su cintura y disfrutar del momento. A día de hoy sigo sonriendo al recordarlo. La verdad es que nuestro primer año fue mágico, pero todo lo bueno acaba algún día.

[continuará]

Relatos Cortos I [Primera parte]

Siempre he pensado que todos los finales son, en parte, tristes. Acaben bien o mal. Todos tienen algo que te revuelve el estómago y te dejan una sensación de "y ahora, ¿qué?" que nunca me ha gustado. Por suerte, éste no es un gran final. No tiene tensión, ni drama, ni siquiera lágrimas, es sólo un adiós que ambos sabíamos que llegaría tarde o temprano.

Hace seis años que un amigo me obligó a quedar con ella. Recuerdo la rapidez con la que dije que no quería saber nada de mujeres, y también la frialdad con la que me jugué a cara o cruz salir esa tarde con ella o emborracharme en el local de unos amigos. Nunca me he llevado bien con el azar.

Salí de casa con el primer chandal que encontré, un poco de Axe y la idea de despachar este asunto todo lo rápido que pudiera, pero las cosas nunca salen como las tienes planeadas. Yo llegaba tarde, como siempre, aunque eso no la impidió saludarme con la mejor de sus sonrisas. El nerviosismo y el no saber qué hacer reinaban en el ambiente. Pregunta, respuesta, pregunta, respuesta, pregunta, respuesta. Al final del día ella pensaría que yo era un soso, y yo me marcharía con mis colegas de fiesta olvidando su nombre y su cara.

La verdad es que no sé qué sería de mi vida ahora si no se me hubieran cruzado los cables aquella tarde. La chica había intentado tantas veces darme conversación que acabó dándome pena seguir torturándola con mi pasividad, así que interrumpí su discurso sobre lo poco que le gustaba la comida tailandesa:

- ¿Vamos a por un helado?
- ¿Qué?
- Que si te apetece un helado.

A día de hoy me sigue haciendo gracia la cara de incomprensión con la que me miró. De hecho, aún no entiendo por qué no dio media vuelta y se marchó a casa dejándome plantado.

- ¿Pero estás bien de la azotea? ¡Qué estamos en marzo!
- ¿Fresa o chocolate?
- ... En fin. Chocolate, pero invitas tú.

Admito que el simple hecho de que siguiera aguantándome después de eso sirvió para que me empezara a fijar en ella. La verdad es que no estaba nada mal: rubia de metro setenta, con unos ojos azules que parecían salirse de sus órbitas y una sonrisa de esas que acabas echando de menos cuando te alejas de su portal después de acompañarla a casa.

Tiene gracia que yo, el hombre de hielo, acabara planteándome una segunda cita. Vale, reconozco que la chica me gustó, pero ¿y qué? No era la primera ni la última, aunque ésta tenía algo especial. No tengo muy claro qué vio en mí, pero se le había metido entre ceja y ceja quitarme la etiqueta de chico sin sentimientos. Supongo que el reto de conocerla intentando que no consiguiera su objetivo fue lo que hizo que acabara cayendo en sus redes.

Un mes, ¡uno!, y ya no me reconocía. Me daba miedo esa situación. Sólo había sentido algo parecido una vez, y la historia no acabó nada bien. No quería volver a sentirme vulnerable, dar a una persona el poder de hacerme feliz o destruirme. No quería eso, pero algo me obligó a ceder. Supongo que su sonrisa. No podía decirle que no a nada cuando la usaba como arma arrojadiza. Bueno, a casi nada.

- ¿Sabes? He estado pensando...
- ¿Cuántas veces te he dicho que una mujer no debería pensar? Cuando lo hacéis todo son problemas.
- ¡Idiota! Hablo en serio. Me gustas. Lo sabes, ¿no?
- Si, bueno, algo me olía cuando nos liamos hace dos semanas - contesté en tono irónico.
- Joder, no se puede tener una conversación seria contigo. Pues creo que yo también te gusto, y las personas que se gustan acaban saliendo. No sé, sólo hace un mes que nos conocemos pero yo creo que podríamos intentarlo y ver cómo sale. ¿Quieres?

Seguro que me creéis si os digo que el tiempo se paró en ese mismo instante. Ella, la chica por la que me estaba pillando, pidiéndome salir. Notaba la fuerza con la que el corazón golpeaba mi pecho intentado escapar de allí. Sabía cuál era la respuesta.

- No... no puedo. Lo siento.
- Ah. ¿Por qué no puedes?
- Porque no. No puedo y punto. Déjalo. Pero si quieres te invito a un batido para compensar.
- No hace falta. Me voy a casa, que no me encuentro bien. Ya hablaremos.

Cerré los ojos. ¡Mierda!

[Segunda parte]