Como cada mañana, Denís se disponía a subirse al bus que le llevaría a la parada de Gumilán, el barrio más comercial de la ciudad, para dirigirse a su puesto de trabajo. Era un buen día. A pesar de estar ya sumergidos en la etapa más profunda y fría del otoño, esa mañana se respiraba un aire fresco y cálido que dejaba una sensación agradable en el cuerpo, lo suficientemente agradable como para coger el día con fuerzas y aventurarse a terminar un proyecto en el que llevaban trabajando los últimos cinco años y que se acercaba por fin a su presentación al gran público. En uno de los semáforos en rojo no pudo evitar fijarse en una nueva tienda de ropa que habían abierto a escasas dos manzanas de su oficina. El escaparate rebosaba elegancia. Desde elaborados trajes hechos con las más frágiles sedas a los chaquetones con corte recto pero finamente meditado, que parecían prometer con sólo mirarlo que el frío se convertiría en una mera leyenda urbana al enfundárselo uno mismo entre sus brazos. Pero, ante toda esa elegancia, destacada un bombín que parecía no pegar nada con aquellas virguerías sólo aptas para bolsillos acaudalados. Y sin embargo allí estaba.
Un instante después, Denís se apeó del bus camino a su sillón presidencial desde el que le exigían dejar correr a su imaginación para encontrar la solución adecuada al problema que un inexperto becario le trasladaría por boca de alguno de sus empleados. Tomó asiento y contó hasta tres. *Toc toc*. Como el mismo cantar de los pájaros al amanecer, Denís esperaba cada mañana la entrada de su secretaria para que le pusiera al día de los compromisos y reuniones a los que tendría que hacer frente a lo largo del día. Hoy no tendría mucho trabajo, sólo un par de negociaciones con unos distribuidores. Así que se puso manos a la obra y mandó llamar a uno de los becarios para que le resumiera los problemas con los que se habían topado el día anterior. Cuál fue su sorpresa al ver que en lugar de uno los peones, hizo acto de presencia el coordinador del proyecto.
- Denís, tenemos problemas.
- ¿A qué debo tu visita? Hacia meses que no pasabas por aquí - expresó aún sorprendido-.
- Es el proyecto. Estamos en un punto de no retorno. Las pruebas que mandamos hacer hará un par de semanas indican que el diseño no es resistente y que se sobrecalienta demasiado. Tengo a mis chicos verificando que no se trata de un error, pero si se confirma... Denís, estamos perdidos.
- No puede ser - replicó, incrédulo-. Llevamos más de 4 años trabajando con esta base, es imposible que no nos hayamos dado cuenta antes.
- Lo sé, parece que el problema está en las nuevas placas que intentamos integrar. La distribución hace que no ventile bien y el calor prolongado hace más frágil la carcasa. Nuestros equipos no durarán más de tres años, dos si se hace un uso intensivo.
- Pero Rober... no puede ser. ¿No podemos pedir una revisión?
- No es factible, esta tirada de placas está ya casi finalizada, tendríamos que buscarle salida y dudo que vendamos más de la mitad. Nos supondría la ruina. Tienes que buscar un último inversor.
- Esa vía ya está exprimida, no puedo hacer más. Pero no lo entiendo... Llama al diseñador jefe, quiero hablar con él. Debería darse por despedido como no encuentre una solución rápido.
- Eso es injusto Denís, fuiste tú quién ordenó hacer el pedido sin esperar el resultado de las pruebas, no puedes cargarle con la culpa a él.
- Todo iba bien, Rober. No teníamos por qué esperar.
- Tú decidiste que todo iba bien. Tú nos convenciste de que los resultados serían positivos.
- ¡Porque todos sabíamos que nuestro futuro dependía de este proyecto y necesitábamos sacarlo ya! Si no estaba listo para navidades, se acabó la campaña. Llevamos 6 meses de retraso, no podíamos esperar otros 6 meses por unas pruebas que no nos dirían nada.
- Pues lo han hecho Denís, y han dicho que este proyecto se ha terminado hoy. El diseñador dice que habría que cambiar completamente la distribución para adaptarnos al nuevo diseño y eso nos supondría empezar de cero, tirar todo el trabajo de estos años a la basura. Los chicos me han preguntado por sus sueldos...
- ¿En serio me estás diciendo que mi empresa está en la ruina y los chicos piensan en si van a cobrar este mes?
- Dicen que no se fían, que si vendemos todo lo que tenemos apenas quedarían 60 euros para ellos. Es el sueldo de un día.
- ¿Que no se fían? ¡Pues que se vayan a freír espárragos! Con los becarios me sobra para hacer su trabajo.
- Denís... este barco se hunde, y yo no quiero ser testigo. Estás solo en esto. - Rober se acercó tímidamente a Denís, poniéndole la mano en el hombro -. Ha sido un placer trabajar contigo.
Acto seguido, Rober se dirigió a la puerta y salió. Con gesto serio y mirada perdida, Denís comprendió que lo había perdido todo de la noche a la mañana. Había decidido que todo iba bien, que no había que preocuparse, pero lo cierto es que no era así. Aún se escuchaba ruido de trabajo en la oficina, se respiraba normalidad cuando en la mente de todos había una profunda preocupación por lo que se había hablado en aquel despacho. Sin cambiar un ápice su expresión, Denís se abrochó la chaqueta, se despidió de su secretaria con dos besos y abandonó la oficina. Quería dar un paseo y pensar en su futuro, en lo duras que iban a ser las navidades y en las explicaciones que iba a tener que dar los próximos días. Sin darse cuenta, llegó hasta la tienda nueva que vio desde el bus y se dispuso a entrar.
- Perdone, no he podido evitar fijarme en el bombín que tiene colocado en el escaparate. ¿Está en venta? - Preguntó algo confuso-.
- Por supuesto caballero, ahora le traigo uno.
La verdad es que le parecía gracioso el diseño de ese bombín, tan cómico y elegante a la vez... pero una vez se miró al espejo con él, no dudó.
- ¿Cuánto pide?
- 60 euros, señor.
- ¿Sesenta? ¡Le ofrezco mi empresa! - propuso con ironía-.
Y con un bombín nuevo en la cabeza, prosiguió su paseo, esta vez con una sonrisa.
