domingo, 29 de diciembre de 2013

Historia de un bombín

Como cada mañana, Denís se disponía a subirse al bus que le llevaría a la parada de Gumilán, el barrio más comercial de la ciudad, para dirigirse a su puesto de trabajo. Era un buen día. A pesar de estar ya sumergidos en la etapa más profunda y fría del otoño, esa mañana se respiraba un aire fresco y cálido que dejaba una sensación agradable en el cuerpo, lo suficientemente agradable como para coger el día con fuerzas y aventurarse a terminar un proyecto en el que llevaban trabajando los últimos cinco años y que se acercaba por fin a su presentación al gran público. En uno de los semáforos en rojo no pudo evitar fijarse en una nueva tienda de ropa que habían abierto a escasas dos manzanas de su oficina. El escaparate rebosaba elegancia. Desde elaborados trajes hechos con las más frágiles sedas a los chaquetones con corte recto pero finamente meditado, que parecían prometer con sólo mirarlo que el frío se convertiría en una mera leyenda urbana al enfundárselo uno mismo entre sus brazos. Pero, ante toda esa elegancia, destacada un bombín que parecía no pegar nada con aquellas virguerías sólo aptas para bolsillos acaudalados. Y sin embargo allí estaba.

Un instante después, Denís se apeó del bus camino a su sillón presidencial desde el que le exigían dejar correr a su imaginación para encontrar la solución adecuada al problema que un inexperto becario le trasladaría por boca de alguno de sus empleados. Tomó asiento y contó hasta tres. *Toc toc*. Como el mismo cantar de los pájaros al amanecer, Denís esperaba cada mañana la entrada de su secretaria para que le pusiera al día de los compromisos y reuniones a los que tendría que hacer frente a lo largo del día. Hoy no tendría mucho trabajo, sólo un par de negociaciones con unos distribuidores. Así que se puso manos a la obra y mandó llamar a uno de los becarios para que le resumiera los problemas con los que se habían topado el día anterior. Cuál fue su sorpresa al ver que en lugar de uno los peones, hizo acto de presencia el coordinador del proyecto.

- Denís, tenemos problemas.
- ¿A qué debo tu visita? Hacia meses que no pasabas por aquí - expresó aún sorprendido-.
- Es el proyecto. Estamos en un punto de no retorno. Las pruebas que mandamos hacer hará un par de semanas indican que el diseño no es resistente y que se sobrecalienta demasiado. Tengo a mis chicos verificando que no se trata de un error, pero si se confirma... Denís, estamos perdidos.
- No puede ser - replicó, incrédulo-. Llevamos más de 4 años trabajando con esta base, es imposible que no nos hayamos dado cuenta antes.
- Lo sé, parece que el problema está en las nuevas placas que intentamos integrar. La distribución hace que no ventile bien y el calor prolongado hace más frágil la carcasa. Nuestros equipos no durarán más de tres años, dos si se hace un uso intensivo.
- Pero Rober... no puede ser. ¿No podemos pedir una revisión?
- No es factible, esta tirada de placas está ya casi finalizada, tendríamos que buscarle salida y dudo que vendamos más de la mitad. Nos supondría la ruina. Tienes que buscar un último inversor.
- Esa vía ya está exprimida, no puedo hacer más. Pero no lo entiendo... Llama al diseñador jefe, quiero hablar con él. Debería darse por despedido como no encuentre una solución rápido.
- Eso es injusto Denís, fuiste tú quién ordenó hacer el pedido sin esperar el resultado de las pruebas, no puedes cargarle con la culpa a él.
- Todo iba bien, Rober. No teníamos por qué esperar.
- Tú decidiste que todo iba bien. Tú nos convenciste de que los resultados serían positivos.
- ¡Porque todos sabíamos que nuestro futuro dependía de este proyecto y necesitábamos sacarlo ya! Si no estaba listo para navidades, se acabó la campaña. Llevamos 6 meses de retraso, no podíamos esperar otros 6 meses por unas pruebas que no nos dirían nada.
- Pues lo han hecho Denís, y han dicho que este proyecto se ha terminado hoy. El diseñador dice que habría que cambiar completamente la distribución para adaptarnos al nuevo diseño y eso nos supondría empezar de cero, tirar todo el trabajo de estos años a la basura. Los chicos me han preguntado por sus sueldos...
- ¿En serio me estás diciendo que mi empresa está en la ruina y los chicos piensan en si van a cobrar este mes?
- Dicen que no se fían, que si vendemos todo lo que tenemos apenas quedarían 60 euros para ellos. Es el sueldo de un día.
- ¿Que no se fían? ¡Pues que se vayan a freír espárragos! Con los becarios me sobra para hacer su trabajo.
- Denís... este barco se hunde, y yo no quiero ser testigo. Estás solo en esto. - Rober se acercó tímidamente a Denís, poniéndole la mano en el hombro -. Ha sido un placer trabajar contigo.

Acto seguido, Rober se dirigió a la puerta y salió. Con gesto serio y mirada perdida, Denís comprendió que lo había perdido todo de la noche a la mañana. Había decidido que todo iba bien, que no había que preocuparse, pero lo cierto es que no era así. Aún se escuchaba ruido de trabajo en la oficina, se respiraba normalidad cuando en la mente de todos había una profunda preocupación por lo que se había hablado en aquel despacho. Sin cambiar un ápice su expresión, Denís se abrochó la chaqueta, se despidió de su secretaria con dos besos y abandonó la oficina. Quería dar un paseo y pensar en su futuro, en lo duras que iban a ser las navidades y en las explicaciones que iba a tener que dar los próximos días. Sin darse cuenta, llegó hasta la tienda nueva que vio desde el bus y se dispuso a entrar.

- Perdone, no he podido evitar fijarme en el bombín que tiene colocado en el escaparate. ¿Está en venta? - Preguntó algo confuso-.
- Por supuesto caballero, ahora le traigo uno.

La verdad es que le parecía gracioso el diseño de ese bombín, tan cómico y elegante a la vez... pero una vez se miró al espejo con él, no dudó.

- ¿Cuánto pide?
- 60 euros, señor.
- ¿Sesenta? ¡Le ofrezco mi empresa! - propuso con ironía-.

Y con un bombín nuevo en la cabeza, prosiguió su paseo, esta vez con una sonrisa.

sábado, 13 de abril de 2013

Ella

Ella era una diosa para dioses, 
ella era una musa de poetas, 
ella era la luna de mis noches, 
era ella la que conseguía que alcanzara metas. 

Ella era el motivo de mi lucha, 
ella era mi utopía, mi quimera. 
Era ella gracias a quien ahora la gente me escucha, 
la primera cosa en la que pensaba cada día era ella. 

- Zenit -

miércoles, 10 de abril de 2013

El principio del fin

Últimamente me está dando por sacar cosas de un cajón que sólo debería abrir yo y no sé si ha servido de algo alguna vez, pero intentaré que ésta sea la última filtración que haga, sin excepciones que confirmen la regla. El principio del fin.


lunes, 25 de marzo de 2013

Reescribamos el futuro a medida que lo vamos convirtiendo en pasado. Hagámoslo juntos. Sin pensar en sueños que no significan nada, olvidando la distancia que desaparece en una hora de viaje, callando lo que pensamos para seguir siendo un par de libros cerrados que sólo se abren para odiarse mutuamente. Porque nada es perfecto, y nada dura para siempre, pero es demasiado tentador intentar que lo sea.

viernes, 22 de marzo de 2013

Reflexiones VII

Tener miedo nunca ha sido buena señal, y menos cuando se trata de un miedo irracional. Miedo de perder a alguien, porque sabes lo mucho que vale. Miedo a que otro quiera quitártela. Sabes que te odia, aunque también sabes que puede dejar de hacerlo. Es un miedo incontrolable, un miedo con el que pretendes llevarte bien porque sabes que ha venido para quedarse, y a veces os entendéis. Es un miedo que te enseña a valorar lo que tienes, un miedo que no te gusta sentir aunque sabes que te hace bien. Tener miedo significa que no te estás cansando. Tú, esa persona que está más pendiente de captar nuevas ideas que de desarrollar las viejas. Esa persona que siempre intenta centrarse pero se distrae con facilidad. Esa persona a la que le gustaba la idea de echarse novia pero le molaba el reto de estar soltero y trabajarse un buen curriculum. Porque tampoco servías para echarte novia, lo tuyo era escalar hasta la cima de la montaña, clavar tu bandera y volver a bajar en busca de otra más alta. El problema ha sido encontrar una montaña en la que te encuentras muy cómodo, una montaña con buenas vistas y mil cosas por descubrir. Una montaña en la que merece la pena quedarse.

Lo bueno de hacerse viejo es que aprendes a controlar esos miedos, a disimular ciertas cosas y a aparentar que te la suda todo, aunque no siempre sea así. Lo malo viene cuando te conoces, y te conoces demasiado, y sabes que tienes un instinto que no falla, que no te avisa siempre que algo va mal, pero cuando lo hace puedes hacerte caquita. No es intuición, eso es demasiado arbitrario y tu instinto es bastante más sutil. Directamente te cambia el estado de ánimo, como si supiera lo que ha pasado y reaccionara en consecuencia. La última vez que pasó te hundiste, de repente, sin saber por qué. Sólo querías escribir, sacar fuera algo que te estaba quemando por dentro, una tristeza que marcaba el fin de una historia. Y no tardaste en descubrir la razón. Y entendiste todo. Y flipaste contigo mismo por conectar de esa forma con una persona que lo desaprovechó. Y prometiste encerrarte en un caparazón para que no volviera a ocurrir, hasta que unos años después otra personita hizo una brecha poco a poco y sin quererlo, consiguiendo entrar. Y ha vuelto a pasar.

A día de hoy sigues sin entender por qué, pero sabes que hay una razón. No eres tan bipolar como para cambiar tu estado de ánimo de esa forma, tan hardcore, tan radical. Sabías que estaba pasando, te notabas sensible, demasiado sensible, hasta que te metiste en la cama. Ahí acabó todo. Tu mente reaccionó como si, otra vez, esta historia estuviera llegando a su fin, como si vuestro futuro pendiera de un hilo. Sentiste miedo, miedo de verdad, miedo del que te presiona el pecho y te ahoga, del que jode y quiere hacerte explotar. Pero intentas controlarlo, quieres hacerlo. JODER, TODO ESTÁ BIEN, NO TIENES NINGÚN PUTO MOTIVO PARA ESTAR ASÍ. Y hablas con ella. Y se te pasa. Pero a los 5 minutos vuelve otra vez. Con más fuerza. Tú intentas frenarlo, pero esa presión es jodidamente fuerte y te sientes vulnerable, muy vulnerable. Estás indefenso, cuál niño pequeño que sólo quiere ir con su mamá. Y tú sólo querías ir con ella. 

No te gusta verte así. Odias verte así. En tu mundo ideal nadie es imprescindible, de hecho puedes imaginarte tu vida sin ella. Has estado 21 años sin conocerla, podrías estar otros 21 sin hablarla. Sin embargo parece que en estos 6 meses te has acostumbrado a su presencia, tal vez demasiado. Puede que te hayas acostumbrado tanto a tenerla cerca que te cueste un mundo verte sin ella. Y eso es bonito, pero lo odias, porque se ha convertido en un punto débil, en TU punto débil. Porque sus problemas son tus problemas, y como alguien le haga daño, le matas. Porque cuando está rara acabas estando raro tú también. Porque cuando le dan venadas depres no sabes cómo animarla y te sientes inútil. Porque cuando se preocupa por algo que os puede cambiar la vida a ambos, aguantas despierto aunque estés reventado y no puedas con tu vida para intentar tranquilizarla, y aparentas que todo está bien y no te preocupa en absoluto para ver si se le pega algo. Porque no quieres verla preocupada por nada. Porque la odias.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Cuando el tintero está vacío y las ideas pululan sin llegar a convertirse en nada concreto, ¿qué nos queda?

domingo, 3 de febrero de 2013

Sastre de sonrisas

Y es que me encuentro tan bien,
que los problemas sólo son acciones sin resolver. 

Y es que me encuentro tan bien,
que las peleas de pareja llevan luego al placer.


domingo, 27 de enero de 2013

Dicen que la vida consiste en coger trenes, y que si pierdes uno sólo tienes que esperar a que pase el siguiente para seguir tu camino.

Dicen que siempre hay que ver el vaso medio lleno; que al mal tiempo, buena cara; y que si la vida te da la espalda, tócala el culo.

Dicen que la vida son dos días y hay que vivir cada uno como si fuera el último.

La gente dice muchas tonterías.

domingo, 13 de enero de 2013

Rutina

El suave balanceo de la mecedora le evadía de una realidad en la que no quería vivir más. Todo seguía igual, pero todo había cambiado. Los actos espontáneos se habían convertido en rutina, las largas noches de conversación agotaron todos los temas sobre los que discutir, y pasar tanto tiempo juntos hizo que se perdiera la magia de echarse de menos. Ambos sabían que podía pasar, ambos lo vieron venir, y ninguno de los dos hizo nada por evitarlo. Los años pesan, "renovarse o morir", decían. Y su amor murió.

Desde entonces vivía encerrado en aquella habitación. El mundo exterior era peligroso y aterrador, al menos para él. Prácticamente salía de allí sólo para buscar comida, el resto del día lo pasaba sentado, acariciando a su nueva amiga. Demasiado tiempo para permanecer aislado. Demasiado tiempo para pensar. 

Cada noche la miraba con una sonrisa antes de dormir mientras pensaba en la suerte que tenía de tenerla tan cerca. A pesar de todo, se alegraba. Era la única que le comprendía, aún siendo un objeto sin la más mínima expresividad. Al menos le escuchaba. A veces le gustaba imaginar qué hubiera pasado si la chica le hubiera dado una segunda oportunidad. Dicen que el tiempo lo arregla todo, aunque él sabía que segundas partes nunca fueron buenas. Aún así, le gustaba imaginarlo. Otras veces simplemente lloraba.

Esa noche tenía algo especial, lo había notado desde que despertó de la siesta. Su cabeza ya no le daba vueltas al pasado, no estaba preocupado, no sentía pena ni dolor, no sentía nada. Sólo vacío. Después de merendar cumplió el ritual de relajarse sentado en la mecedora con la mirada clavada en su única compañía. Llegó a la conclusión de que había llegado la hora.

Se acercó a ella lentamente mientras las lagrimas comenzaban a brotar de sus ojos. La agarró con fuerza llevándola consigo hacia la mecedora. Estaba helada. Se dejó caer hacia atrás, impulsándose nuevamente en un vaivén que le mantenía con la mirada perdida, sumido en la más absoluta soledad. El pulso le temblaba mientras se apuntaba a sí mismo susurrando un "lo siento" que salió desde lo más profundo de su conciencia. Y apretó el gatillo.

Un rato después, la mecedora dejó de balancearse.