domingo, 30 de octubre de 2011

La abertura de su tienda de campaña se abrió de par en par dejando pasar el frío de la mañana y los primeros rayos de sol.

- Es la hora - susurró una persona de barbas canosas mientras clavaba su mirada en él. Un fuerte suspiro sirvió como respuesta.

Miró fijamente su espada, colocada cuidadosamente junto a sus vestiduras. Aún recordaba el momento en el que su padre se la regaló años antes.

Era una tranquila tarde de verano. Como cada día, volvía cansado de jugar con el hijo del panadero. Las horas se pasaban volando mientras competían por ver quién era mejor luchando con las maltrechas espadas de madera que el carpintero les había regalado por navidades.

Su padre siempre había tenido la ilusión de que el pequeño espadachín llegara a ser un gran soldado, de verle convertido en todo lo que él no pudo ser por culpa de su maldita rodilla. Así que esa tarde, aprovechando que cumplía 10 años, empezó a construir su leyenda.

Llegaba buscando un poco de comida, pero algo dentro de ese taller llamó su atención.

- Hijo, ¿has visto a los soldados que han pasado esta mañana por aquí? ¿Te has fijado en las espadas que llevaban? - preguntó mientras él seguía fascinado por la belleza de ese objeto. - ¡Tiberio! ¿Me escuchas?

Asintió con la cabeza sin saber muy bien a qué estaba contestando mientras seguía mirando aquello.

- Todas las semanas hago espadas como las que ellos empuñaban. Basta con entrar a cualquier taberna de esta aldea para ver decenas de ellas, todas exactamente iguales. En cambio esa... esa te ha llamado la atención, ¿verdad? Llevo meses trabajando en ella, colocando cada piedra preciosa en la empuñadura como si el mismísimo emperador me la hubiera encargado personalmente. Sólo puedo decirte que la uses bien. Haz que algún día me sienta orgulloso de este momento.

Aún recuerda lo mucho que le pesó la primera vez que la cogió con sus propias manos. También las veces que pensó que no valía para eso, pero su padre siempre estaba ahí para decirle que lo intentara una vez más, y siempre lo intentaba.

Una noche todo su mundo se vino abajo cuando, después de estar practicando con el hijo del panadero, encontró el taller destrozado. Las armaduras, los escudos, las espadas, ... todo estaba tirado por el suelo. Su padre no aparecía por ninguna parte y nadie sabía qué había pasado. Lo único que pudieron hacer por él fue acogerle hasta que alcanzó la edad mínima para servir como soldado y ganarse la vida con ello.

Tras muchos años de sacrificio y entrenamiento había conseguido llegar a lo más alto. Y ahí estaba, a punto de adentrarse en una de las batallas más duras e importantes que había vivido nunca. Una victoria aquí supondría el salto definitivo a las altas esferas, codearse con los más grandes, cumplir el sueño que un día tuvo su padre.

Mientras los soldados mantenían la concentración en silencio, los bárbaros escondidos al otro lado del bosque gritaban y golpeaban sus armas contra el suelo intentando que el miedo a morir fuera más poderoso que el deseo de gloria que invadía a Tiberio y sus iguales.

Sus caras manchadas se diferenciaban ya entre los árboles, la lucha por la supervivencia había comenzado. Corrían cuesta abajo como alma que llevara el diablo, alzando sus hachas mientras se acercaban cada vez más. Tiberio ya tenía sus ojos clavados en uno de ellos. Era un hombre alto pero fuerte, de larga cabellera y barba descuidada. Él también se había fijado en Tiberio e iba directo hacia su posición. Para ambos era como si la contienda se centrara sólo en ellos dos.

Los bárbaros habían llegado ya y las muertes se empezaban a suceder en la línea de contención, donde los romanos habían intentado frenar la ofensiva con sus escudos. Dada ya la orden de avanzar, Tiberio levantó su espada y se dirigió hacia el bárbaro al que había estado observando. Estaban ya el uno frente al otro con las armas en alto. Y entonces pasó.

Sete The Last

martes, 25 de octubre de 2011

Tema que ha servido de inspiración para escribir este relato.


El invierno estaba llegando y tenía los huesos empapados de frío. Las tres mantas y su viejo edredón nórdico no eran capaces de calentar aquel cuerpo que pedía a gritos un poco de calor humano, de su calor humano. Había desaparecido de la noche a la mañana sin darle la oportunidad de despedirse, sin dejar que se acostumbrara poco a poco a vivir sin ella. Aún se podía respirar su olor entre las sábanas, volviendo por un instante a esas noches en las que su risa rompía el cómodo silencio en el que se refugiaban los vecinos para conseguir dormir, aunque para ellos dos la noche siempre era joven.

Desde esa ventana habían visto amanecer muchas veces, pero nunca eran suficientes. Siempre pedían una más, otra noche de miradas cómplices que terminaba al sonar el despertador para seguir la rutina de ir a trabajar sin haber descansado apenas. Ahora contemplaba la salida del sol en soledad, esperando a que sonara el despertador que le servía como excusa para poder abandonar esa cama que le traía tantos recuerdos, quizás demasiados. Recuerdos que no le dejaban dormir, recuerdos que le hacían pensar en todas las ocasiones que pudo ser feliz junto a ella, recuerdos que sólo vivió en sueños.

Sus ojos se abrieron de par en par con el sonido de una llave penetrando en la cerradura de su puerta. Unos tacones se acercaban poco a poco hacia su habitación, caminando con cuidado de hacer el menor ruido posible. La poca luz que se colaba por los agujeros de su persiana le permitieron volver a ver ese cabello ondulado atravesando la puerta de su cuarto mientras ella intentaba no tropezarse con las zapatillas que él iba dejando tiradas a lo largo de la habitación. Siempre había sido así de desordenado. Es algo que ella nunca pudo cambiar, aunque en el fondo le gustaba escapar de su mundo perfecto sabiendo que él estaba a su lado.

Notó cómo el ritmo de sus latidos aumentaba sin parar mientras ella avanzaba poco a poco hacia él.
- ¿Estás despierto? - le susurró al oído, provocándole un escalofrío al volver a escuchar esa cálida voz tan cerca de él. Sin embargo no pudo responder. No hizo falta.

Se quitó las botas para desvestirse y ocupar el hueco libre de una cama que había empezado a echarla de menos. Volvían a estar bajo el mismo techo, cubriéndose con las mismas mantas. Se miraban en silencio, sin cruzar una sola palabra. Sus ojos ya se estaban diciendo demasiado. Sin pensarlo demasiado colocó una mano sobre su cintura y la trajo hacia él. Ella le rozaba las mejillas con sus dedos para recordar lo suave que era su cara cuando se afeitaba.

Poco a poco fueron acercando sus caras mientras sentían la respiración del otro en sus propios rostros. Les separan escasos centímetros. Ambos cerraron los ojos en un acto reflejo y siguieron acercándose hasta que sus labios casi se tocaron. Estaban en lo más alto de una montaña rusa que ellos mismos habían construido, sólo tenían que dar un último paso que parecía que nunca llegaba. Pero lo hizo.

En esa cama se vivió un beso lento, intenso, eterno. Un beso que consiguió parar el tiempo y que los dos cuerpos que en ese momento estaban fusionados en uno sobre aquella cama no se dieran cuenta de que los primeros rayos de sol se estaban colando ya en esa habitación. Y como todas las mañana a esa misma hora, el despertador sonó.

Con los ojos todavía cerrados, estiró su brazo tanto como pudo para coger el móvil y apagar esa melodía que estaba taladrando sus oídos. Eran las 7:30 de otro lunes que marcaba el inicio de una nueva semana. No pudo evitar sonreír mientras abría sus ojos para empezar el día viendo la cosa más hermosa que había conocido nunca, pero su sonrisa se apagó al contemplar su cama vacía, como cada amanecer desde que el destino apartó a esa chica de su vida. Sin tiempo a reaccionar, se dio media vuelta y cerró los ojos esperando quedarse dormido de nuevo, deseando volver al sueño en el que ella aún seguía allí con él para poder darle un último beso.

jueves, 6 de octubre de 2011


Ahora sí, capítulo cerrado. Y ya estoy escribiendo el siguiente...