Hace casi 3 años, en una cálida noche de septiembre, de esta cabeza surgió una historia de caballeros y princesas dispuestos a retar al destino y llevarle la contraria. Una historia que tardo 2 meses en conocer su final, de la mano de otra cabeza vallisoletana. Una historia que merece ser reescrita en noches como la de hoy.
Disney nos enseñó que las historias de princesas y caballeros siempre tienen final feliz. Como toda historia que se precie, nos encontramos con un caballero enamorado en busca de su amor platónico, que por supuesto no puede estar con él. Tras luchar contra viento y marea, finalmente el desdichado caballero consigue su propósito de conquistar a la chica y liberarla de toda cadena que les impedía ser felices, juntos, por siempre jamás.
Bien, esta vez vamos a saltarnos el cómo se conocieron y qué es aquello que no les deja estar juntos. Pasemos directamente a la noche en la que el valiente caballero decide tomar su caballo y partir hacia tierras lejanas para buscar respuestas.
No era una noche especial, ni mucho menos. El camino estaba desierto, iluminado únicamente por la media luna que se dejaba ver tímidamente entre las nubes. El sonido casi hipnótico de las herraduras chocando una y otra vez contra el suelo era más que suficiente para que nuestro protagonista se evadiera imaginando cómo sería el encuentro con la mujer que llevaba años esperando. Sabía lo que iba a decirle, pero no dejaba de darle vueltas al cómo hacerlo, cómo reaccionar fuera cual fuese la respuesta, cómo iba a ser su vida después de esa noche.
Ella estaba intranquila, sentada al borde del precipicio mientras pensaba en su futuro. No era feliz allí, le necesitaba a él, pero las circunstancias… ¡Ay! Qué sería de una historia de amor sin las circunstancias. Aún recordaba la última vez que le vio. Lo imposible siempre llama la atención, y saber que le llamaban “El soltero de oro” no hacía sino alimentar la atracción que sentía por él. Se buscaban continuamente con la mirada entre el tumulto de gente que se hallaba congregada allí. No tenía sentido, nadie lo hubiera entendido. Él se iría a la mañana siguiente para no volver, siempre lo hacía, pero ella tenía la esperanza de que esta vez fuera diferente.
Y allí, en medio de la nada, se percató de la presencia de un jinete en la lejanía. Preocupada, corrió a esconderse entre los árboles ante el temor de que la estuvieran buscando para llevarla de vuelta a su castillo. El caballero cada vez estaba más cerca y creyó ver en él al hombre que aparecía cada noche en sus sueños, hasta que comprobó que realmente era quien pensaba.
Se apeó del caballo al reconocerla él también, y se acercó lentamente sin saber bien qué decir. Ella corrió a abrazarle, le había echado mucho de menos. Sabía que sería capaz de hacerle volver, que con ella no pasaría lo mismo que con las demás. Y se despegó de él para mirarle a los ojos. Le notó cansado, y no era para menos.
- Llevo días cabalgando esperando encontrarte, deseando que no siguieras presa del castillo para poder verte. ¡Dios! Llevaba tanto esperando este momento que no sé cómo empezar.
- No hace falta que digas nada, me conformo con que hayas llegado por fin.
- No he venido para quedarme, vengo a por ti. No entiendo qué me está pasando, pero sé que eres la culpable. Sé que es imposible, pero también sé que los imposibles son los que dan sentido a la vida, y tú le das sentido a la mía desde el día que te conocí.
- No sigas, por favor.
- Sí sigo. Llevo tiempo buscando en cada mujer que encuentro esos ojos que no me dejan dormir, esa mirada que sólo veo cuando estoy contigo. He venido desde muy lejos para llevarte de vuelta conmigo, para dejar todo atrás y empezar una nueva vida, tu y yo, juntos. Y no me iré de aquí sin una respuesta.
- No puedo dártela. No puedo dejar todo atrás, ahora no. Tengo demasiadas cadenas aquí, pero no quiero que te vayas sin mí. No puedo dejar que lo hagas.
- ¿Entonces?
- No es fácil. Necesito pensar. Por favor, no me hagas elegir ahora.
- De acuerdo. Esperaré aquí hasta la próxima luna llena. Si no te veo llegado el momento, entenderé que debo irme sin ti. Vuelve. Por favor, vuelve.
Y la dama volvió al castillo, esperando no encontrar una razón para quedarse. No había dicho nada que no fuera cierto: quería irse con él, estaba decidida a hacerlo, pero seguía atada a aquel castillo. Y llegó la noche de luna llena.
Montada en su caballo, llegó hasta un pequeño lago alejado del mundo. El sonido del agua al caer siempre le había relajado, así podía pensar con claridad. Con la mirada perdida en el infinito, seguía enfrentando a la razón y al corazón en un debate del que sólo ella sabía el final. Cansada ya de todo, se limitó a levantar la cabeza clavando sus ojos en una luna que parecía brillar más que otros días.
- ¿Qué debo hacer? ¿A quién hago caso? ¿Escucho a la razón o me dejo llevar por el corazón? Guíame tú que puedes, luna llena. Guíame, por favor.
La presión hizo que no pudiera reprimir más las lágrimas, llevándose las manos a la cara. ¿Era esa la vida que quería? ¿Ese era el futuro con el que soñaba de pequeña? Y entonces, como si de un arrebato se tratase, subió a su caballo y empezó a galopar hacia el precipicio donde él la estaba esperando. Lo tenía más claro que nunca. No iba a conformarse con vivir aprisionada en un castillo donde no era feliz, quería estar con él.
Y por fin llegó al punto de encuentro. Estaba casi amaneciendo y no veía a su caballero por ningún lado. Gritó su nombre esperando encontrarle escondido entre los árboles, pero no obtuvo respuesta. Lo intentó dos veces más, tres, cuatro, las que hiciera falta. Silencio. Entonces comprendió que se había ido ya, que se había cansado de esperarla.
Miró por última vez a la luna, una luna agonizante ya ante la salida del sol, y con lágrimas en los ojos le susurró:
- Tal vez en otro momento, en otro lugar, en otra vida. Tal vez.
Sete The Last