lunes, 25 de marzo de 2013

Reescribamos el futuro a medida que lo vamos convirtiendo en pasado. Hagámoslo juntos. Sin pensar en sueños que no significan nada, olvidando la distancia que desaparece en una hora de viaje, callando lo que pensamos para seguir siendo un par de libros cerrados que sólo se abren para odiarse mutuamente. Porque nada es perfecto, y nada dura para siempre, pero es demasiado tentador intentar que lo sea.

viernes, 22 de marzo de 2013

Reflexiones VII

Tener miedo nunca ha sido buena señal, y menos cuando se trata de un miedo irracional. Miedo de perder a alguien, porque sabes lo mucho que vale. Miedo a que otro quiera quitártela. Sabes que te odia, aunque también sabes que puede dejar de hacerlo. Es un miedo incontrolable, un miedo con el que pretendes llevarte bien porque sabes que ha venido para quedarse, y a veces os entendéis. Es un miedo que te enseña a valorar lo que tienes, un miedo que no te gusta sentir aunque sabes que te hace bien. Tener miedo significa que no te estás cansando. Tú, esa persona que está más pendiente de captar nuevas ideas que de desarrollar las viejas. Esa persona que siempre intenta centrarse pero se distrae con facilidad. Esa persona a la que le gustaba la idea de echarse novia pero le molaba el reto de estar soltero y trabajarse un buen curriculum. Porque tampoco servías para echarte novia, lo tuyo era escalar hasta la cima de la montaña, clavar tu bandera y volver a bajar en busca de otra más alta. El problema ha sido encontrar una montaña en la que te encuentras muy cómodo, una montaña con buenas vistas y mil cosas por descubrir. Una montaña en la que merece la pena quedarse.

Lo bueno de hacerse viejo es que aprendes a controlar esos miedos, a disimular ciertas cosas y a aparentar que te la suda todo, aunque no siempre sea así. Lo malo viene cuando te conoces, y te conoces demasiado, y sabes que tienes un instinto que no falla, que no te avisa siempre que algo va mal, pero cuando lo hace puedes hacerte caquita. No es intuición, eso es demasiado arbitrario y tu instinto es bastante más sutil. Directamente te cambia el estado de ánimo, como si supiera lo que ha pasado y reaccionara en consecuencia. La última vez que pasó te hundiste, de repente, sin saber por qué. Sólo querías escribir, sacar fuera algo que te estaba quemando por dentro, una tristeza que marcaba el fin de una historia. Y no tardaste en descubrir la razón. Y entendiste todo. Y flipaste contigo mismo por conectar de esa forma con una persona que lo desaprovechó. Y prometiste encerrarte en un caparazón para que no volviera a ocurrir, hasta que unos años después otra personita hizo una brecha poco a poco y sin quererlo, consiguiendo entrar. Y ha vuelto a pasar.

A día de hoy sigues sin entender por qué, pero sabes que hay una razón. No eres tan bipolar como para cambiar tu estado de ánimo de esa forma, tan hardcore, tan radical. Sabías que estaba pasando, te notabas sensible, demasiado sensible, hasta que te metiste en la cama. Ahí acabó todo. Tu mente reaccionó como si, otra vez, esta historia estuviera llegando a su fin, como si vuestro futuro pendiera de un hilo. Sentiste miedo, miedo de verdad, miedo del que te presiona el pecho y te ahoga, del que jode y quiere hacerte explotar. Pero intentas controlarlo, quieres hacerlo. JODER, TODO ESTÁ BIEN, NO TIENES NINGÚN PUTO MOTIVO PARA ESTAR ASÍ. Y hablas con ella. Y se te pasa. Pero a los 5 minutos vuelve otra vez. Con más fuerza. Tú intentas frenarlo, pero esa presión es jodidamente fuerte y te sientes vulnerable, muy vulnerable. Estás indefenso, cuál niño pequeño que sólo quiere ir con su mamá. Y tú sólo querías ir con ella. 

No te gusta verte así. Odias verte así. En tu mundo ideal nadie es imprescindible, de hecho puedes imaginarte tu vida sin ella. Has estado 21 años sin conocerla, podrías estar otros 21 sin hablarla. Sin embargo parece que en estos 6 meses te has acostumbrado a su presencia, tal vez demasiado. Puede que te hayas acostumbrado tanto a tenerla cerca que te cueste un mundo verte sin ella. Y eso es bonito, pero lo odias, porque se ha convertido en un punto débil, en TU punto débil. Porque sus problemas son tus problemas, y como alguien le haga daño, le matas. Porque cuando está rara acabas estando raro tú también. Porque cuando le dan venadas depres no sabes cómo animarla y te sientes inútil. Porque cuando se preocupa por algo que os puede cambiar la vida a ambos, aguantas despierto aunque estés reventado y no puedas con tu vida para intentar tranquilizarla, y aparentas que todo está bien y no te preocupa en absoluto para ver si se le pega algo. Porque no quieres verla preocupada por nada. Porque la odias.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Cuando el tintero está vacío y las ideas pululan sin llegar a convertirse en nada concreto, ¿qué nos queda?