Siempre he pensado que todos los finales son, en parte, tristes. Acaben bien o mal. Todos tienen algo que te revuelve el estómago y te dejan una sensación de "y ahora, ¿qué?" que nunca me ha gustado. Por suerte, éste no es un gran final. No tiene tensión, ni drama, ni siquiera lágrimas, es sólo un adiós que ambos sabíamos que llegaría tarde o temprano.
Hace seis años que un amigo me obligó a quedar con ella. Recuerdo la rapidez con la que dije que no quería saber nada de mujeres, y también la frialdad con la que me jugué a cara o cruz salir esa tarde con ella o emborracharme en el local de unos amigos. Nunca me he llevado bien con el azar.
Salí de casa con el primer chandal que encontré, un poco de Axe y la idea de despachar este asunto todo lo rápido que pudiera, pero las cosas nunca salen como las tienes planeadas. Yo llegaba tarde, como siempre, aunque eso no la impidió saludarme con la mejor de sus sonrisas. El nerviosismo y el no saber qué hacer reinaban en el ambiente. Pregunta, respuesta, pregunta, respuesta, pregunta, respuesta. Al final del día ella pensaría que yo era un soso, y yo me marcharía con mis colegas de fiesta olvidando su nombre y su cara.
La verdad es que no sé qué sería de mi vida ahora si no se me hubieran cruzado los cables aquella tarde. La chica había intentado tantas veces darme conversación que acabó dándome pena seguir torturándola con mi pasividad, así que interrumpí su discurso sobre lo poco que le gustaba la comida tailandesa:
- ¿Vamos a por un helado?
- ¿Qué?
- Que si te apetece un helado.
A día de hoy me sigue haciendo gracia la cara de incomprensión con la que me miró. De hecho, aún no entiendo por qué no dio media vuelta y se marchó a casa dejándome plantado.
- ¿Pero estás bien de la azotea? ¡Qué estamos en marzo!
- ¿Fresa o chocolate?
- ... En fin. Chocolate, pero invitas tú.
Admito que el simple hecho de que siguiera aguantándome después de eso sirvió para que me empezara a fijar en ella. La verdad es que no estaba nada mal: rubia de metro setenta, con unos ojos azules que parecían salirse de sus órbitas y una sonrisa de esas que acabas echando de menos cuando te alejas de su portal después de acompañarla a casa.
Tiene gracia que yo, el hombre de hielo, acabara planteándome una segunda cita. Vale, reconozco que la chica me gustó, pero ¿y qué? No era la primera ni la última, aunque ésta tenía algo especial. No tengo muy claro qué vio en mí, pero se le había metido entre ceja y ceja quitarme la etiqueta de chico sin sentimientos. Supongo que el reto de conocerla intentando que no consiguiera su objetivo fue lo que hizo que acabara cayendo en sus redes.
Un mes, ¡uno!, y ya no me reconocía. Me daba miedo esa situación. Sólo había sentido algo parecido una vez, y la historia no acabó nada bien. No quería volver a sentirme vulnerable, dar a una persona el poder de hacerme feliz o destruirme. No quería eso, pero algo me obligó a ceder. Supongo que su sonrisa. No podía decirle que no a nada cuando la usaba como arma arrojadiza. Bueno, a casi nada.
- ¿Sabes? He estado pensando...
- ¿Cuántas veces te he dicho que una mujer no debería pensar? Cuando lo hacéis todo son problemas.
- ¡Idiota! Hablo en serio. Me gustas. Lo sabes, ¿no?
- Si, bueno, algo me olía cuando nos liamos hace dos semanas - contesté en tono irónico.
- Joder, no se puede tener una conversación seria contigo. Pues creo que yo también te gusto, y las personas que se gustan acaban saliendo. No sé, sólo hace un mes que nos conocemos pero yo creo que podríamos intentarlo y ver cómo sale. ¿Quieres?
Seguro que me creéis si os digo que el tiempo se paró en ese mismo instante. Ella, la chica por la que me estaba pillando, pidiéndome salir. Notaba la fuerza con la que el corazón golpeaba mi pecho intentado escapar de allí. Sabía cuál era la respuesta.
- No... no puedo. Lo siento.
- Ah. ¿Por qué no puedes?
- Porque no. No puedo y punto. Déjalo. Pero si quieres te invito a un batido para compensar.
- No hace falta. Me voy a casa, que no me encuentro bien. Ya hablaremos.