La abertura de su tienda de campaña se abrió de par en par dejando pasar el frío de la mañana y los primeros rayos de sol.
- Es la hora - susurró una persona de barbas canosas mientras clavaba su mirada en él. Un fuerte suspiro sirvió como respuesta.
Miró fijamente su espada, colocada cuidadosamente junto a sus vestiduras. Aún recordaba el momento en el que su padre se la regaló años antes.
Era una tranquila tarde de verano. Como cada día, volvía cansado de jugar con el hijo del panadero. Las horas se pasaban volando mientras competían por ver quién era mejor luchando con las maltrechas espadas de madera que el carpintero les había regalado por navidades.
Su padre siempre había tenido la ilusión de que el pequeño espadachín llegara a ser un gran soldado, de verle convertido en todo lo que él no pudo ser por culpa de su maldita rodilla. Así que esa tarde, aprovechando que cumplía 10 años, empezó a construir su leyenda.
Llegaba buscando un poco de comida, pero algo dentro de ese taller llamó su atención.
- Hijo, ¿has visto a los soldados que han pasado esta mañana por aquí? ¿Te has fijado en las espadas que llevaban? - preguntó mientras él seguía fascinado por la belleza de ese objeto. - ¡Tiberio! ¿Me escuchas?
Asintió con la cabeza sin saber muy bien a qué estaba contestando mientras seguía mirando aquello.
- Todas las semanas hago espadas como las que ellos empuñaban. Basta con entrar a cualquier taberna de esta aldea para ver decenas de ellas, todas exactamente iguales. En cambio esa... esa te ha llamado la atención, ¿verdad? Llevo meses trabajando en ella, colocando cada piedra preciosa en la empuñadura como si el mismísimo emperador me la hubiera encargado personalmente. Sólo puedo decirte que la uses bien. Haz que algún día me sienta orgulloso de este momento.
Aún recuerda lo mucho que le pesó la primera vez que la cogió con sus propias manos. También las veces que pensó que no valía para eso, pero su padre siempre estaba ahí para decirle que lo intentara una vez más, y siempre lo intentaba.
Una noche todo su mundo se vino abajo cuando, después de estar practicando con el hijo del panadero, encontró el taller destrozado. Las armaduras, los escudos, las espadas, ... todo estaba tirado por el suelo. Su padre no aparecía por ninguna parte y nadie sabía qué había pasado. Lo único que pudieron hacer por él fue acogerle hasta que alcanzó la edad mínima para servir como soldado y ganarse la vida con ello.
Tras muchos años de sacrificio y entrenamiento había conseguido llegar a lo más alto. Y ahí estaba, a punto de adentrarse en una de las batallas más duras e importantes que había vivido nunca. Una victoria aquí supondría el salto definitivo a las altas esferas, codearse con los más grandes, cumplir el sueño que un día tuvo su padre.
Mientras los soldados mantenían la concentración en silencio, los bárbaros escondidos al otro lado del bosque gritaban y golpeaban sus armas contra el suelo intentando que el miedo a morir fuera más poderoso que el deseo de gloria que invadía a Tiberio y sus iguales.
Sus caras manchadas se diferenciaban ya entre los árboles, la lucha por la supervivencia había comenzado. Corrían cuesta abajo como alma que llevara el diablo, alzando sus hachas mientras se acercaban cada vez más. Tiberio ya tenía sus ojos clavados en uno de ellos. Era un hombre alto pero fuerte, de larga cabellera y barba descuidada. Él también se había fijado en Tiberio e iba directo hacia su posición. Para ambos era como si la contienda se centrara sólo en ellos dos.
Los bárbaros habían llegado ya y las muertes se empezaban a suceder en la línea de contención, donde los romanos habían intentado frenar la ofensiva con sus escudos. Dada ya la orden de avanzar, Tiberio levantó su espada y se dirigió hacia el bárbaro al que había estado observando. Estaban ya el uno frente al otro con las armas en alto. Y entonces pasó.
Sete The Last
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