martes, 25 de octubre de 2011

Tema que ha servido de inspiración para escribir este relato.


El invierno estaba llegando y tenía los huesos empapados de frío. Las tres mantas y su viejo edredón nórdico no eran capaces de calentar aquel cuerpo que pedía a gritos un poco de calor humano, de su calor humano. Había desaparecido de la noche a la mañana sin darle la oportunidad de despedirse, sin dejar que se acostumbrara poco a poco a vivir sin ella. Aún se podía respirar su olor entre las sábanas, volviendo por un instante a esas noches en las que su risa rompía el cómodo silencio en el que se refugiaban los vecinos para conseguir dormir, aunque para ellos dos la noche siempre era joven.

Desde esa ventana habían visto amanecer muchas veces, pero nunca eran suficientes. Siempre pedían una más, otra noche de miradas cómplices que terminaba al sonar el despertador para seguir la rutina de ir a trabajar sin haber descansado apenas. Ahora contemplaba la salida del sol en soledad, esperando a que sonara el despertador que le servía como excusa para poder abandonar esa cama que le traía tantos recuerdos, quizás demasiados. Recuerdos que no le dejaban dormir, recuerdos que le hacían pensar en todas las ocasiones que pudo ser feliz junto a ella, recuerdos que sólo vivió en sueños.

Sus ojos se abrieron de par en par con el sonido de una llave penetrando en la cerradura de su puerta. Unos tacones se acercaban poco a poco hacia su habitación, caminando con cuidado de hacer el menor ruido posible. La poca luz que se colaba por los agujeros de su persiana le permitieron volver a ver ese cabello ondulado atravesando la puerta de su cuarto mientras ella intentaba no tropezarse con las zapatillas que él iba dejando tiradas a lo largo de la habitación. Siempre había sido así de desordenado. Es algo que ella nunca pudo cambiar, aunque en el fondo le gustaba escapar de su mundo perfecto sabiendo que él estaba a su lado.

Notó cómo el ritmo de sus latidos aumentaba sin parar mientras ella avanzaba poco a poco hacia él.
- ¿Estás despierto? - le susurró al oído, provocándole un escalofrío al volver a escuchar esa cálida voz tan cerca de él. Sin embargo no pudo responder. No hizo falta.

Se quitó las botas para desvestirse y ocupar el hueco libre de una cama que había empezado a echarla de menos. Volvían a estar bajo el mismo techo, cubriéndose con las mismas mantas. Se miraban en silencio, sin cruzar una sola palabra. Sus ojos ya se estaban diciendo demasiado. Sin pensarlo demasiado colocó una mano sobre su cintura y la trajo hacia él. Ella le rozaba las mejillas con sus dedos para recordar lo suave que era su cara cuando se afeitaba.

Poco a poco fueron acercando sus caras mientras sentían la respiración del otro en sus propios rostros. Les separan escasos centímetros. Ambos cerraron los ojos en un acto reflejo y siguieron acercándose hasta que sus labios casi se tocaron. Estaban en lo más alto de una montaña rusa que ellos mismos habían construido, sólo tenían que dar un último paso que parecía que nunca llegaba. Pero lo hizo.

En esa cama se vivió un beso lento, intenso, eterno. Un beso que consiguió parar el tiempo y que los dos cuerpos que en ese momento estaban fusionados en uno sobre aquella cama no se dieran cuenta de que los primeros rayos de sol se estaban colando ya en esa habitación. Y como todas las mañana a esa misma hora, el despertador sonó.

Con los ojos todavía cerrados, estiró su brazo tanto como pudo para coger el móvil y apagar esa melodía que estaba taladrando sus oídos. Eran las 7:30 de otro lunes que marcaba el inicio de una nueva semana. No pudo evitar sonreír mientras abría sus ojos para empezar el día viendo la cosa más hermosa que había conocido nunca, pero su sonrisa se apagó al contemplar su cama vacía, como cada amanecer desde que el destino apartó a esa chica de su vida. Sin tiempo a reaccionar, se dio media vuelta y cerró los ojos esperando quedarse dormido de nuevo, deseando volver al sueño en el que ella aún seguía allí con él para poder darle un último beso.

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