domingo, 13 de enero de 2013

Rutina

El suave balanceo de la mecedora le evadía de una realidad en la que no quería vivir más. Todo seguía igual, pero todo había cambiado. Los actos espontáneos se habían convertido en rutina, las largas noches de conversación agotaron todos los temas sobre los que discutir, y pasar tanto tiempo juntos hizo que se perdiera la magia de echarse de menos. Ambos sabían que podía pasar, ambos lo vieron venir, y ninguno de los dos hizo nada por evitarlo. Los años pesan, "renovarse o morir", decían. Y su amor murió.

Desde entonces vivía encerrado en aquella habitación. El mundo exterior era peligroso y aterrador, al menos para él. Prácticamente salía de allí sólo para buscar comida, el resto del día lo pasaba sentado, acariciando a su nueva amiga. Demasiado tiempo para permanecer aislado. Demasiado tiempo para pensar. 

Cada noche la miraba con una sonrisa antes de dormir mientras pensaba en la suerte que tenía de tenerla tan cerca. A pesar de todo, se alegraba. Era la única que le comprendía, aún siendo un objeto sin la más mínima expresividad. Al menos le escuchaba. A veces le gustaba imaginar qué hubiera pasado si la chica le hubiera dado una segunda oportunidad. Dicen que el tiempo lo arregla todo, aunque él sabía que segundas partes nunca fueron buenas. Aún así, le gustaba imaginarlo. Otras veces simplemente lloraba.

Esa noche tenía algo especial, lo había notado desde que despertó de la siesta. Su cabeza ya no le daba vueltas al pasado, no estaba preocupado, no sentía pena ni dolor, no sentía nada. Sólo vacío. Después de merendar cumplió el ritual de relajarse sentado en la mecedora con la mirada clavada en su única compañía. Llegó a la conclusión de que había llegado la hora.

Se acercó a ella lentamente mientras las lagrimas comenzaban a brotar de sus ojos. La agarró con fuerza llevándola consigo hacia la mecedora. Estaba helada. Se dejó caer hacia atrás, impulsándose nuevamente en un vaivén que le mantenía con la mirada perdida, sumido en la más absoluta soledad. El pulso le temblaba mientras se apuntaba a sí mismo susurrando un "lo siento" que salió desde lo más profundo de su conciencia. Y apretó el gatillo.

Un rato después, la mecedora dejó de balancearse.

No hay comentarios:

Publicar un comentario