martes, 2 de agosto de 2011

Era una noche perfecta para cualquier escritor bohemio que busque la inspiración en esas horas en las que se mezclan sueños y realidad. En la calle había un incómodo silencio sólo roto por el choque contra el suelo de unas gotas de lluvia fruto de una pequeña tormenta que daba ya su últimos coletazos. No había absolutamente nadie vagando por esas aceras grises y no era difícil entender por qué: demasiado pronto para los madrugadores, demasiado tarde para los que matan el tiempo bebiendo sin sed en bares de mala muerte intentando olvidar sus problemas. Al protagonista de nuestra historia no le habría importado hacer compañía a éstos últimos.

Allí estaba él, en una habitación oscura iluminada vagamente por un hilo de luz que penetraba por los agujeros de su persiana. ¿Cuánto llevaba tirado en esa cama? ¿Una hora? ¿Dos? Ni él mismo lo sabía, había perdido ya la cuenta de las vueltas que había dado. Incluso sospechaba haber descubierto alguna nueva postura para dormir, pero tendría que probarla otro día porque esa noche parecía destinado a pasarla en vela.

Los rasgos tristes que componían su cara en aquél momento podían adivinarse en la penumbra. Horas antes sonreía sin motivo, simplemente le apetecía, pero algo le había hecho perder las ganas de seguir haciéndolo. Se había dado cuenta de que ese momento que llevaba temiendo tanto tiempo había llegado ya, que no tenía sentido seguir con su vida tal y como la había planeado porque así no iba a ninguna parte.

Lo que se va a contar a continuación no es otra estúpida historia de amor ya que entre nuestros protagonistas nunca lo hubo, y a juzgar por los hechos nunca lo habrá. Probablemente nunca sintieron algo más que el cariño que dos amigos se pueden tener, por eso el hombre que vuelve a dar una vuelta en la cama, esta vez mirando hacia la pared, no entiende cuál es la causa de su insomnio. Tal vez sentía algo más de lo que reconocía. Quizás todo este tiempo ha estado engañándose para afrontar sin dolor la escena que le está tocando vivir. Por lo menos puede consolarse pensando que lo ha conseguido, que va a ser capaz de verla como amiga y tragarse todos los sueños que noche tras noche ha ido coleccionando gracias a ella. Será diferente, un nuevo reto a superar en su vida.

Igual que el destino la puso una vez en su camino tiempo atrás, ahora le ha hecho ver que lo que suponía que estaba bien en realidad era una situación forzada por las circunstancias, una casa de paja construida de la nada para evitar hacerse daño.

Suspira una vez más abrazando a su almohada con fuerza, recordando cómo empezó todo, el cúmulo de casualidades que le llevaron a hablar con ella. Pero no lo había conseguido. A pesar de todo no logró conquistarla. Puede que no fuera su hombre, sólo una víctima más del destino. Puede que simplemente no fuera el momento. Lo que sí sabía es que para él siempre, pase lo que pase, iba a ser ella. Y con este pensamiento en la cabeza por fin se quedó dormido, con la esperanza de que al despertar todo hubiera sido una triste pesadilla.

Sete The Last

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