No soy muy dado a hablar sobre mi vida. Creo que todos tenemos una historia que contar y para nosotros siempre será única, especial, incomparable a cualquiera de las que nos cuenten los demás: el primer beso, la primera entrevista de trabajo, el primer amor, el primer coche, la primera pelea contra el matón del barrio, ... Son momentos que se quedan grabados a fuego en toda esa maraña de neuronas que pulula por nuestra cabeza. Momentos como el que he vivido esta mañana.
Desde el primer instante sabía que no las tenía todas conmigo. No es normal llamar amiga a una persona que lo es todo para ti. O sí, no sé. Dicen que las parejas son en realidad relaciones de amigos con derecho a roce: sin amistad no hay pareja y sin roce... bueno, sin roce hay algunos que pueden sobrevivir. El caso es que ella era algo más que una simple amiga. Bueno, realmente no sé qué era para mí. ¿Quién no ha sufrido esas largas noches de discusión mental entre arriesgar el todo por el todo o conformarse con poder seguir hablando con ella? Sinceramente, yo no quería ser otro más de la larga lista de personas que en su lecho de muerte se arrepiente de no haber tenido el valor de lanzarse cuando tuvo la oportunidad.
Esa tarde, aprovechando que era martes y 13 y la suerte me acompañaba, le propuse ir a ver "Noche de miedo" a mi casa. Sabía que odiaba las películas de miedo, pero también había comprobado que en el fondo le gustaba esconderse entre mis brazos cada vez que se avecinaba una escena sangrienta.
Y allí estábamos, sentados en mi sofá, robándonos palomitas el uno al otro y prometiéndonos que sería la última vez que le llevaría a ver una peli de esas. "La próxima tiene que ser una de Crepúsculo, ¡me lo merezco!", exigía mientras yo me reía y le tiraba palomitas apuntando directamente a su ojo derecho, el de la raya verde en el borde inferior de su iris. La verdad es que estaba preciosa. Siempre me habían gustado los tirabuzones en el pelo de una mujer, pero tenía que reconocer que a ella le quedaban especialmente bien. Además, su larga melena morena se fundía a la perfección con su camiseta negra, que al tener un hombro descubierto le permitía lucir la clave de sol que tenía tatuada en él.
Cuando quise darme cuenta ya estábamos en mitad de la película. Como era costumbre, ella ya llevaba un rato apretando mi mano con fuerza y, ahora que empezaba la caza de vampiros, no tardaría mucho en pedirme que apagara la tele para poder dormir esa noche. Por una vez quise rebelarme contra la rutina. Mientras Charlie, el protagonista, veía cómo una mujer moría a manos de su vecino, ella ya tenía su cabeza en mi pecho, intentando mirar a través de los dedos de mis manos mientras me suplicaba que no le dejara hacerlo. Le hice caso, de verdad que lo hice, hasta que la peli estaba a punto de acabar y cometí el error de apartar mis manos en el mismo momento en el que el vampiro se intentaba cargar a Charlie. Ese momento, ese en concreto, es uno de los que se grabaron a fuego en mi memoria.
No pude evitar soltar una carcajada ante el grito que pegó al ver esa escena. Ninguno de vosotros podría haberlo evitado. Empezó a darme golpes en el pecho mientras yo seguía riéndome al mismo tiempo que intentaba esquivar sus guantazos. Creédme, era difícil acertar a hacer ambas cosas a la vez. Cuando por fin se cansó de pegarme empezó a mirarme fijamente, como esperando a que le pidiera perdón. Agaché un instante la cabeza y acerqué mi cara hacia ella para decírselo al oído pero, en lugar de eso, ¿sabéis lo que hice? Nada, absolutamente nada. Me quedé a medio camino entre su cara y su oído, y en dicha situación no tuve más remedio que dejarme llevar por mis instintos más primarios y besarla. Un escalofrío recorrió mi cuerpo de arriba a abajo mientras nuestros labios se tocaban. La rodee con mis brazos para acercarla más a mí. Ella no opuso mucha resistencia, de hecho parecía que lo estuviera deseando tanto o más que yo, hasta que, sin ningún motivo aparente, despegó sus labios de los míos, clavó sus ojos en mí y me dijo que tenía que irse sin darme tiempo siquiera a, ahora sí, pedir perdón.
Pocas veces he contado lo que pasó ese día, de hecho diría que hasta ahora sólo lo sabían 2 o 3 amigos que coincidieron en decirme que fue mala suerte, que en los cuentos no siempre hay un final feliz. En cambio yo me negaba a creer que todo fuera a volver a la normalidad, que fingiríamos que ese día no pasó nada y seguiríamos siendo amigos. Me negaba a creerlo básicamente porque no habíamos vuelto a hablar desde entonces. O por lo menos me negaba hasta esta mañana.
Sete The Last
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